jueves, 22 de febrero de 2018

50. Sobre la utilidad de las debilidades humanas

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Sergei Aparin
 
 
 
Los defectos humanos pueden tener perfectamente sus lados positivos, con tal de que sigan siendo humanos.

Durante mis años de Italia, muchos sorprendidos italianos me preguntaban por qué prefería vivir en ese paese di merda, como ellos lo llamaban, en medio de toda su corrupción, sus ladrones, su irremediable y perpetuo caos, en lugar de en Alemania, donde las cosas eran algo mejor en ese aspecto. Yo intenté explicárselo de la siguiente manera:

“Si yo fuese un preso al que llevan a un campo de concentración –y por mi natural pertenezco siempre al grupo de los que meten en un sitio así y no al de los que encierran a otros- y si casualmente tuviese aún un reloj de oro oculto en el cuerpo y mi guardián fuese un italiano, entonces yo intentaría acercarme a él y decirle por lo bajito: “Oye, tengo en casa siete niños menores de edad, todos pequeñísimos, y tengo una mujer que no puede vivir sin mí y una anciana madre que no para de llorar. Y aquí tengo un reloj de oro, te lo doy si miras para otro lado y dejas que me escabulla”. El italiano, con bastante posibilidad, se enjugaría una lagrimita, tomaría por supuesto el reloj y me dejaría escapar. Pero si mi guardián fuese alemán, no derramaría una lágrima, no tomaría por supuesto el reloj y me denunciaría a su superior por intento de soborno. Por eso, pese a todo, me encuentro más seguro en vuestro país.”

Los sistemas inhumanos pueden, mediante los defectos humanos, funcionar un poco menos bien, por eso dependen de la virtud y de la conciencia del deber. A una ciudad como Nápoles tampoco pudieron meterla en cintura los fascistas.

El hijo del pintor

Texto: Noemí Risco Mateo en Laberinto de ideas
Imagen:


El pasado 12 de febrero se celebró en la Casa del Lector de Madrid la quinta sesión ya del ciclo CHARLA ENTRE TRADUCTORES, que creé entre Barcelona y Madrid hace unos años. En esta ocasión entrevisté a Marinella Terzi, traductora de obras de Michael Ende como El ponche de los deseos o El secreto de Lena, editora durante veintiún años en SM, que actualmente realiza trabajos editoriales como autónoma y lo combina con la escritura de sus propios libros. El hijo del pintor, editado en 2015 por Anaya, es una de sus últimas publicaciones y está inspirado en la infancia de Michael Ende.
A continuación, sin que sirva de precedente, tenéis la entrevista íntegra. Espero que la disfrutéis.

Noemí: ¿Cómo se te ocurrió la idea de escribir este libro?
Marinella: Creo que la idea bullía desde hace muchos años en mi cabeza, pero sí hubo un detonante. En realidad, Ende siempre ha sido un autor por el que he sentido gran admiración y, además, por esas casualidades de la vida, he tenido la oportunidad de acercarme a su obra y a su persona en varias ocasiones. Empecé a leerle a los ocho, nueve años, cuando no sabía nada de él. Jim Botón y Lucas el maquinista, el primer libro que él escribió, fue también el primer libro que leí yo de él, y me gustó muchísimo. Después vino la segunda parte: Jim Botón y los trece salvajes. Son dos libros que todavía conservo desde mi infancia. A pesar de los cambios de vivienda que ha habido, siempre han ido conmigo. Muchos años después, cuando yo ya era adulta, llegó La historia interminable. En esa época la novela me dejó sorprendidísima, era algo absolutamente diferente a lo que había leído hasta entonces. En ese momento decidí indagar más sobre su obra y descubrí que era el autor de aquellos dos libros que habían marcado mi infancia. Luego vendrían Momo y tantos otros, y, con el paso de los años, la posibilidad de traducirle e, incluso, de conocerle personalmente. Descubrí que su padre era pintor, y pintor surrealista, además. La pintura, y la pintura surrealista concretamente, me interesan. Ya en un libro anterior –Falsa naturaleza muerta- hablé de ellas. Como escritora, siempre he tenido claro que, por mucha ficción que escribamos, todo lo que creamos tiene que ver íntimamente con nuestra forma de ser y con nuestra vida. Estoy convencida de que Ende imaginó y escribió lo que escribió porque vivió lo que vivió junto a unas determinadas personas: y su padre era, sin duda, una de las que más le influyeron. El detonante que me hizo ponerme a novelar su infancia en El hijo del pintor fue un libro de un autor alemán, Alois Prinz, y la forma de llegar a él también fue absolutamente casual. Por mi trabajo como lectora freelance tuve que hacer el informe de una biografía sobre Jesucristo que había escrito Prinz. Me gustó el libro, busqué datos del autor en Internet y descubrí que tenía un libro titulado Rebellische Söhne, que hablaba justamente de las relaciones entre distintos padres e hijos, entre ellos, Edgar Ende y su hijo Michael. Encontré el libro en la librería alemana de Madrid, lo leí y, a partir de ahí, mi idea empezó a materializarse. 


viernes, 9 de febrero de 2018

24. Para decirlo con cariño, siempre que llora mucho un niño.

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: Andreea Retinschi


¡Ay, ay, hu, hu, no puedo más!,
¡Hi, hi, jamás
Voy a ser bueno, ya verás!
¡Pobre de mí, pobre de mí!,
¡Bua, bua, hi, hi!...
¡Quiero ser malo porque sí!

¡Ay, ay, hu, hu, oh, oh! ¿Qué hare?
¡Hi, hi, no sé,
Ya lo veré, hu, hu, he, he!
¡Pobre de mí!, ¿qué os hice yo?
¡Bua, bua, oh, oh!...
¡No soy tan malo, no, no, no!

25. La competición

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: Michael Witte



Pasé hace muchos años, muchos años
por Villabaja-medio-arriba,
lugar de usos algo extraños,
de gente vaga… y muy activa.

Por la calle y la carretera
observé cierta agitación;
parecía como si hubiera
alguna gran competición.

Al ver que andaban apostando,
pensé: ¿carrera, cacería?...
pregunté a uno y otro bando…
y ahora sabréis lo que ocurría

Acudí, pues, a unos viveros,
y el encontrar me alegró mucho
a dos famosos jardineros:
el “Rechoncho” y el “Larguirucho”.

Eran los héroes de la fiesta,
la gente estaba enloquecida.
Y ahora, ¿qué?... ¡Pum!: por respuesta
suena el disparo de salida.

El “Larguirucho” y el “Rechoncho”
cavan cada uno un agujero
yo, allí parado, soy un troncho;
la multitud, un gallinero.

Da éste sus más altas notas
al ver cómo los dos obreros
siembran cada uno dos bellotas
en los citados agujeros.

“¡Bravo!, ¡genial! –el pueblo grita-
¡qué sembrador tan imponente!”,
y anima a cada bellotita
a dar un árbol velozmente.

“El primer árbol de los dos
qué sólo tres metros alcance,
va a ser el nuestro, quiera Dios,
¡y triunfador en este lance!”

Así me dijo uno. Yo seguí
hacia otro pueblo mi jornada.
Cuando volví, me sorprendí:
todos allí, como si nada.

Tercera vez pasé, doy fe,
por Villabaja-medio-arriba:
dos arbolitos encontré…
y un gentío a la expectativa

No sé si es una impertinencia
decir que en esa población
tienen muchísima paciencia…
y falta de imaginación.

jueves, 8 de febrero de 2018

El hijo del pintor, mi especial homenaje a Michael Ende

Texto: Marinella Terzi en El té de las cinco
Imagen: ---


Micha no era un niño cualquiera. Era el hijo de un pintor. De un pintor, además, que no dibujaba cosas reales, no. Dibujaba sueños, y a veces, pesadillas. Y eso marca.

"El hijo del pintor". Col: Sopa de Libros. Ed: Anaya, 2015 
 
Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica. Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.

49. Canción nocturna de Stan Laurel



Texto: Michael ende en Carpeta de apuntes
Imagen: LeightonNoyes


Escucha, Oli, viejo hermanito, escucha.

¿No oyes la nieve de los años pasados, cómo cae por nuestras imágenes en copos ennegrecidos? En los relojes viven las grandes arañas del tiempo, tejen velos hora tras hora y de la jungla del vacío salen resoplando las iguanas.

No debes tener miedo, Oli, en esa maleza de lianas de celuloide. Yo, tu Stan, estoy contigo. Pero escóndete, mi gordo amigo, escóndete lo mejor que puedas: por prudencia Oli, no por miedo.

Yo te acuno en mis brazos. Sigue soñando un poco, quédate acurrucado en nuestras desgajadas ramas de la realidad, caliéntate en el calor de tu vientre: ¿quién va a calentarte si no? Caliéntame también a mí, Oli, hundido en el follaje seco, helado, que se deshace chirriante, el follaje de nuestras carcajadas hace tiempo extinguidas. Sigue durmiendo, soñando, todavía no ha cantado el gallo que anuncia que no somos nadie. Sigue durmiendo, soñando, respirando, sonriendo, Oli, mi alma gemela. Escucha, aún sigue nevando esa nieve ennegrecida.

¿Qué queríamos custodiar nosotros, espantapájaros, lo recuerdas tú? ¿Y contra qué aves siniestras nos han colocado?

Escucha mi dormida voz, Oli, la voz de un durmiente en tu dormido oído, Oli, el oído de uno que duerme, un cuchicheo entre dos, en el hondo, hondo, manantial del sueño, apenas intuido, no hablado y menos aún escuchado: una vez, mi infantil gordito, llegará a ocurrir que nunca hayamos existido. ¿Pero entonces qué, hermano, entonces qué, amigo mío, entonces qué, mi único consuelo, qué pasará si alguna vez, en efecto, nunca hemos existido?

He aquí que nos retorcemos los dos, torcemos los labios, apretamos los diente, resollando en medio del sueño que no quiere soltarnos, y de pronto nos estremecemos, no despiertos aún, nos abrazamos en mortal terror, saltan por el aire los sombreros, y miramos fijamente en la oscuridad, pero todo está en silencio por siempre jamás, sólo la nieve de los años pasados sigue bajando y transforma todo en noche. Murmuramos algo, nos miramos por debajo de los párpados semicerrados, sólo vemos el blanco del ojo del otro, se nos queda la boca abierta, y volvemos a recostarnos, cada uno en su fatigoso suelo, y yo no sé qué mano echa la pesada tapadera sobre el pozo de nuestro letargo, de modo que sigue resonando largo tiempo. En las húmedas paredes de la oscuridad aún se quiebra un último sonido y viene definitivamente el vacío y el silencio. Cuando de vez en cuando nos damos la vuelta de un costado al otro, todavía suspiramos ¿cuándo?

Entonces tú estás de pronto y dices: Stan, despierta, por qué duermes tanto, levántate, vámonos al mundo, pues tamos aquí para realizar cosas, grandes y pequeñas, podemos hacerlas porque somos fuerte y sabios, y al fin y al cabo sabemos de qué va. Y de verdad que somos una radiante pareja, yo con mi sabrosa corbata, que me inunda de inmensa fuerza, y con mi apasionante bigotito, y tú, hermano cara de harina con la melena del rompedor de corazones, tú, a quien a veces, totalmente por equivocación, le sucede que hace milagros, aunque por lo general inadecuados.

Y luego soñamos que nos frotamos los ojos, que bostezamos, estiramos los miembros, nos levantamos y salimos cargados de energía y hacemos cosas grandes o importantes y el mundo nos corona de laurel. Pero cuando nos miramos los dos, el uno en el espejo del otro, sólo era otra vez verdura mustia lo que teníamos sobre las cabezas.

¿Crees tú, Oli, que Dios ha sabido alguna vez de nosotros?

Duerme, mi admirado amigo, ¿por qué es tan difícil mantener la dignidad cuando le cae a uno un martillo en el dedo gordo del pie? ¿Por qué es tan difícil llevar a cabo una gran empresa cuando le suenan a uno las tripas y de la otra esquina llega el aroma de salchichas asadas? ¿Por qué es tan difícil no rascarse en presencia de elegantes damas, cuando se tienen piojos? ¿Por qué es tan difícil esperar pacientemente cuando a uno se le ha olvidado a qué?

Las horas gotean como una tortura china y nos retumba en el cerebro como el martillo, inexorable del reloj del universo.

Que no, Oli, que cualquier pequeñez es muy grande para nosotros, y ser un hombre real es superior a mis fuerzas.

Y siempre que todo volvía a salir mal, decíamos: una vez no importa. Pero dos veces una vez tampoco importa. Y así mismo trescientos setenta y cuatro veces una vez –qué maravilla- tampoco importa. Ay, si fuésemos blancos o negros, pero como somos grises nos borran de la agenda de Dios. Somos como violines que enferman porque nadie sabe la canción que hay en ellos.

Ay, Oli, hermano querido, creo que tengo hipo.

Aquí estoy, sentado en el suelo del universo, llorando mi lloriqueo de pestañas de conejo del que se ríen hasta los ángeles.

Me gustaría tanto abrazar la luna, Oli. No el montón de escoria de los astrónomos, comprendes, sino la luna de los poetas. Pero siempre que me acercaba a ella, había eclipse de luna. Era tu sombra, Oli, la que lo causaba. Honradamente: he pensado muchas veces en dejarte para siempre. Por eso, Oli, te lo ruego, no me dejes.

Vamos a redimirnos mutuamente ¿qué te parece la idea? Pues Dios, ya lo ves, no puedo. Tienes que entenderlo: sólo conseguiríamos llenarlo de vergüenza.

¿Sabías que yo sé silbar con los dedos? ¡Mira! ¡Qué me mires, Oli, por favor!

Yo silbo con los dedos la canción de una amable sábana por cuyos agujeros silba el viento.

Yo silbo con los dedos la canción de mi corazón que tiembla de frío.

¿Qué voy a hacer si no? ¿Por qué me das golpes en los dedos?

¿Me oyes, Oli, mi único amigo: tú, al menos?

Yo silbo con los dedos mi miseria a través de la noche de nieve ennegrecida que todo lo hace invisible, a través del viento del vacío, la canción de mi soledad, yo, que no quedo en una chancleta.

Yo, que no quepo en una chancleta…


jueves, 1 de febrero de 2018

El hijo del pintor, de Marinella Terzi

Texto:  Elena Martínez Blanco en El alijo, revista de literatura infantil y juvenil
Imagen: Portada del libro



¿De dónde surgieron los hombres grises en la obra de Ende? ¿Sabíais que cuando era pequeño le tocó vivir rodeado de ellos en su Alemania natal? Su padre, Edgar, fue un pintor al que esos hombres grises prohibieron pintar porque no entendían las obras que creaba su imaginación, y Micha, el joven Michael Ende, aprendió a crear mundos imaginarios que más tarde nos regalaría en papel. 
 
OPINIÓN
 ¿Habéis leído Momo o La historia interminable? Si es así, la lectura de este libro seguro que os hace sonreír a pesar de la dureza del trasfondo que contiene. 
Marinella Terzi nos brinda la oportunidad de conocer la infancia de uno de los autores favoritos de varias generaciones de niños y niñas: Michael Ende. Es una novelita corta, apenas 69 páginas, pero que nos abren el mundo de la familia Ende, en la que la creatividad y la imaginación campaban a sus anchas hasta que aparecieron los hombres grises, esos hombres malvados que no querían que hubiese diversidad ni fantasía, que llevaban la Nada allá por donde pasaban. Esos hombres grises que fueron los culpables de la destrucción de miles de vidas… 
Leyendo sobre la infancia de Micha, como le llamaba en casa, conocemos a Edgar, su padre, un pintor surrealista de cierta fama que guardaba como oro en paño su caja de dibujos, en la que iba guardando las ideas que se le ocurrían para trabajar en ellas posteriormente. Vemos en él a un hombre tremendamente creativo, obligado a callar su arte por la incomprensión de unas personas que querían acallarle no solo a él, sino a toda Europa. 
Como contraste, Lise, la madre de Micha, es un personaje fuerte y luchador, quien saca a la familia adelante en los momentos más difíciles y que entiende a la perfección que su marido, el artista, es en el fondo un niño grande al que hay que cuidar porque tiene la cabeza en el mundo de la fantasía.
Aprendemos también la importancia de las palabras, el poder que pueden ejercer en otras personas, tanto para bien como para mal. Nuestro querido Micha, que había heredado el don de entrar en el Reino de Fantasía en su cabeza, hace uso de esas palabras para vencer a un futuro hombre gris, para plantar en él la semilla que quizá un día hiciese de él un hombre, por lo menos, con un poquito de color. 
Entre estas páginas veremos referencias indudables a las obras más conocidas de Ende y que, sin duda, se empezaron a fraguar en su infancia, cuando las palabras en su mente eran un refugio ante tanto monocromismo que reinaba a su alrededor. Recomendable para introducir la obra de este autor a nuestros alumnos y trabajar el contexto histórico que rodeó su infancia.

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