sábado, 21 de abril de 2018

La historia interminable

Die unendliche geschichte
ISBN: 968-19-0254-8
1979 K. Thienemanns Verlag
1984 Editorial Alfaguara
Ilust. Roswitha Quadflieg
Trad. Miguel Sáenz
 
 
Bastián Baltasar Bux es un niño tímido al que le encanta leer y tiene una portentosa imaginación. Leyendo un extraño libro averigua que el reino de Fantasia está en peligro. En ese mismo libro  lee, asombrado, que Bastián Baltasar Bux debe unirse a Atreyu, un valiente guerrero, para salvar Fantasia. Así comprende que ese libro (el que ahora tienes en las manos ) es Fantasia y que Fantasia es La historia interminable.
 
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Momo o la extraña historia de los ladrones del tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres

Momo, oder Die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte
ISBN: 968-19-0255-6
1973 K. Thienemanns Verlag
2001 Editorial Alfaguara
Ilust. Michael Ende
Trad. Susana Constante
 
 
Momo es una niña que vive rodeada de amigos y tiene la gran virtud de saber escuchar y comprender a los demás. Ante ella, aún los que se tienen  en poca estima se descubren como seres valiosos. Pero un día los hombres grises aparecen para convencer a la gente de ahorrar su tiempo con ellos, depositándolo en su banco. Pero, ¿qué harán con el tiempo de los hombre? Momo lo descubrirá con la ayuda del maestro Hora y de la tortuga Casiopea. 

Momo es una fábula sobre la locura del ritmo de la vida actual, en la cual la frase "no tengo tiempo" se impone y da lugar a una vida miserable, y a la pérdida del cariño y de las amistades. 

 
 
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
Momo y sus amigos
1 Una ciudad grande y una niña pequeña
2 Una cualidad poco común y una pelea muy común
 
TERCERA PARTE
Las flores horarias 
13 Allí un día y aquí un año
Breve epilogo del autor

El espejo en el espejo. Un laberinto

Der Spiegel im Speigel: ein labyrinth
ISBN: 968-19-0312-9
1986 K. Thienemanns Verlag
1998 Editorial Alfaguara
Ilust. Edgar Ende
Trad. Anton y Genoveva Dietrich


Como todos los libros de Michael Ende -el genial autor de La historia interminable- El espejo en el espejo es una magia que oscila entre la realidad y lo fantástico, creando un territorio propio donde todos los encantos son verosímiles.

La imaginación del lector, puesta en marcha por la maestría del autor, recorre un camino secreto de gozos y miedos, de placeres y espantos, de sabiduría creciente, de experiencia profunda.

Son breves relatos con la potencia que sólo un mago puede otorgar a las palabras


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1. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



Perdóname, no puedo hablar más alto.
No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.
¿Y acaso me oirás?
Mi nombre es Hor.

Te ruego que acerques tu oído a mi boca, por lejos que estés de mí, ahora o siempre. De otro modo no puedo hacerme entender por ti. Y aunque te avengas a satisfacer mi ruego quedarán bastantes secretos que tendrás que desvelar por tu cuenta. Necesito tu voz donde la mía falla.

Esta debilidad se explica quizás por la manera de vivir de Hor. Habita, hasta donde puedo recordar, un edificio gigantesco, completamente vacío, en el que cada palabra pronunciada en voz alta produce un eco interminable.

Hasta donde puede recordar. ¿Qué significa?

En sus diarias caminatas por salas y pasillos Hor sigue encontrándose a veces con el eco errante de algún grito proferido imprudentemente en otros tiempos. Le resulta muy penoso encontrarse así con su pasado, sobre todo porque la palabra pronunciada entonces ha llegado a perder forma y contenido hasta volverse irreconocible. A esos balbuceos idiotas no se expone ya Hor.

Se ha acostumbrado a utilizar su voz -si es que la utiliza- por debajo de ese umbral vacilante a partir del que podría producirse un eco. Este umbral se halla sólo un poco por encima del silencio total, pues la casa es de una sonoridad cruel.

Sé que exijo mucho, pero tendrás que contener incluso la respiración si te interesa escuchar las palabras de Hor. Sur órganos vocales se han atrofiado con tanto silencio -se han transformado.

Hor no podrá hablar contigo con mayor claridad que la que es propia de aquellas voces que oyes poco antes de quedar dormido.

Y tendrás que hacer equilibrios en el estrecho margen entre el sueño y la vigilia o flotar como aquellos para los que arriba y abajo significa lo mismo.

Mi nombre es Hor.

Mejor sería decir: me llamo Hor. ¿Pues quién, aparte de mí, me llama por mi nombre?

¿He mencionado ya que la casa está vacía? Quiero decir completamente vacía.

Para dormir, Hor se acurruca en un rincón o se acuesta donde esté en ese momento, incluso en medio de una sala cuando las paredes están demasiado lejos.

La comida no le preocupa a Hor. La sustancia de la que están hechas paredes y columnas es comestible -al menos para él-. Es una masa amarillenta, ligeramente transparente, que sacia muy de prisa el hambre y la sed. Además las necesidades de Hor son escasas en este sentido.

El paso del tiempo no significa nada para él. No tiene posibilidad de medirlo, excepto con el latido de su corazón. Pero éste es muy desigual. Hor no conoce los días ni las noches, siempre le rodea la misma penumbra.

Cuando no duerme, vaga de un lado a otro, pero no persigue ninguna meta. Es sencillamente un impulso, una necesidad que le divierte satisfacer. Sólo de vez en cuando llega a una pieza que cree reconocer, que le parece conocida, como si ya hubiese estado en ella en tiempos inmemoriales. Por otro lado, señales inconfundibles le permiten a menudo inferir que pasa por un lugar en el que ya estuvo una vez -una esquina mordisqueada, por ejemplo, o un montón de excrementos resecos-. Sin embargo, la pieza en sí le resulta a Hor tan extraña como las demás. Quizás las habitaciones se transforman durante la ausencia de Hor, crecen, se extienden o encogen. Quizás es el paso de Hor el que provoca estas transformaciones, pero a él no le gusta esa idea.

Que aparte de Hor alguien habite la casa, me parece imposible. Claro que no hay pruebas de ello debido a la inimaginable amplitud de la construcción. Es tan poco imposible como probable.

Muchas habitaciones tienen ventanas, pero éstas sólo se abren a otras piezas, generalmente más amplias. Aunque la experiencia no le ha enseñado hasta ahora nada diferente, a veces Hor imagina que llega a una última pared extrema cuyas ventanas ofrecen una vista de algo completamente distinto. Hor no puede decir lo que podría ser, pero a veces se entrega a largas reflexiones sobre ello. Sería falso afirmar que anhela esa vista -es sólo una especie de juego, un inventar intencionado de diversas posibilidades-. En sus sueños, sin embargo, Hor ha disfrutado a veces de tales vistas, aunque al despertar no recordara nada digno de mención. Sólo sabe que era así y que solía despertarse anegado en lágrimas. Pero Hor le da poca importancia, lo menciona porque es extraño...

Me he expresado mal. Hor no sueña nada, y no tiene recuerdos propios. Y sin embargo, toda su existencia está llena de los horrores y goces de experiencias que asaltan su espíritu a la manera del recuerdo súbito.

Claro que no siempre. A veces su espíritu permanece mucho tiempo como una superficie de agua inmóvil, pero en otros momentos estas experiencias le asaltan por todos los lados, le acosan, le golpean como rayos y entonces corre por los pasillos vacíos, se tambalea, hasta que cae agotado al suelo y se queda tumbado y vomita. Pues ante esto Hor se halla indefenso.

A la manera del recuerdo súbito. ¿Lo dije así?

Me llamo Hor.

¿Pero quién es: yo-Hor? ¿Soy sólo uno? ¿O soy dos y tengo las experiencias de aquel segundo? ¿Soy muchos? ¿Y todos los demás que son yo viven allí, fuera de aquel extremo y último muro? ¿Y todos ellos no saben nada de sus experiencias, nada de sus recuerdos, porque éstos no pueden quedarse afuera con ellos? Ah, pero con Hor sí se quedan, viven con su vida, le acometen sin compasión. Se funden con él. Tira de ellos como de una cola que se arrastra interminable por las salas y habitaciones y sigue creciendo y creciendo.

¿O acaso os llega también algo de mí a los que estáis ahí fuera, a uno o a muchos, que sois uno conmigo como las abejas con la reina? ¿Me sentís, miembros de mi cuerpo disperso? ¿Oís mis palabras inaudibles, ahora o sin tiempo? ¿Acaso me buscas tú, mi otro? ¿A Hor que eres tú mismo? ¿A tu recuerdo que está conmigo? ¿Nos aproximamos a través de espacios infinitos como estrellas, paso a paso e imagen por imagen?

¿Y nos encontraremos una vez, algún día o sin tiempo?

¿Y qué seremos entonces? ¿O no seremos ya? ¿Nos anularemos mutuamente como el sí y el no?

Pero entonces verás: yo he guardado todo fielmente.

Mi nombre es Hor.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los mejores cuentos de Michael Ende

Zauberschule und andere Geschichten.
ISBN: 84-241-5981-0
1994 K. Thienemanns Verlag
2013 Editorial Everest
Ilust. de Bernhard Oberdieck
Trad. de José Miguel Rodríguez Clemente

A Michael Ende se le suele relacionar solamente con sus obras principales: Jim Botón, El ponche de los deseos, Momo y La historia interminable. Pero ha escrito también historias para niños, fábulas y otros cuentos igualmente magistrales.

Estos últimos aparecen ahora recopilados por primera vez en un sólo volúmen, ilustrado también magistralmente por Bernhard Oberdieck, en el que se nos invita a un viaje por el fantástico mundo de este autor mundialmente famoso. Nos encontramos aquí con el necio rinoceronte Norberto Nucagorda, el sabio elefante Filemón el Arrugado, la tenaz tortuga Tranquila Tragaleguas, el servicial y pequeño Tragasueños, el simpático osito de peluche Lavable, el muñequito de trapo y muchos otros personajes que dan alas a nuestra propia fantasía.

"Sólo cuando se encuentra un tono determinado para una historia esta se hace real".
Michael Ende


ÍNDICE

En lugar de prólogo: Para ser más exactos
La escuela de magia
Tranquila Tragaleguas, la tortuga tenaz
El muñequito de trapo
El secreto de Lena
La historia del deseo de todos los deseos
Norberto Nucagorda o El rinoceronte desnudo
No importa
Tontolico y Tontiloco
Una historia de trabalenguas
Liri Loré Willi Porqué
Moni pinta una obra de arte
La historia de la sopera y el cazo
El osito de peluche y los animales
El largo camino hacia Santa Cruz
El dragón y la mariposa o El extraño cambio
Filemón el Arrugado
Una mala noche
Tragasueños
El teatro de sombras de Ofelia

lunes, 16 de abril de 2018

55. ¿Números arábigos?


Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Razan

 

Desde la Antigüedad se conocen los llamados cuadros mágicos. Se trata de una ordenación regular, en casilleros cuadrados, de las series ininterrumpidas de números, de tal manera que la suma de las casillas horizontales, verticales y diagonales sea siempre la misma. La más conocida representación de ese cuadro se halla probablemente en la Melancolía (Saturno) de Durero, y también es probable que la “tabla de multiplicar de las brujas”, en el Fausto de Goethe, describa un cuadro irregular de Saturno. En las matemáticas pitagóricas y prepitagóricas se atribuían a los números propiedades no sólo cuantitativas sino sobre todo cualitativas. Por eso, tales cuadros mágicos pasaban por ser imagen y manifestación de determinadas proporciones armónicas de fuerzas en el cosmos y en el hombre. Esas proporciones de fuerzas fueron identificadas, debido a la lógica de la correspondencia, con los astros móviles, 3x3 casillas correspondían a Saturno, 4 por 4 a Júpiter, 5 por 5 a Marte, 6 por 6 al Sol , 7 por 7 a Venus, 8 por 8 a Mercurio y finalmente 9 por 9 a la Luna. El número de casillas por línea y en total, la suma de las series horizontales y verticales y la suma total, daban así los números acordes con el astro correspondiente.

Si comparamos ahora los signos que, desde la Antigüedad, representan usualmente los astros móviles, con el modo de escribir los números cardinales que se corresponden con ellos, salta literalmente a la vista que estos últimos no son sino la forma escrita, por así decir el rápido esbozo, de los primeros:



Apenas puedo creer que esto nadie lo haya notado hasta hoy. La evidencia, me parece, es innegable, sin embargo hasta ahora no he podido encontrar en ninguna parte una alusión a ello.

El 2 y el 1, por cierto, no pueden aparecer en esa serie, puesto que no puede haber un cuadrado mágico de 2 por 2 o de 1 por 1 casillas. Esos signos tendrán por tanto un origen distinto a los símbolos de los siete planetas clásicos.

54. Hojas de parra

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes




Recuerdo mi primera visita a la colección de antigüedades clásicas de los museos del Vaticano. De eso hace ya algunas décadas. Se les había quitado el pene a todas las estatuas masculinas, y puesto en su lugar, muchas veces con poquísima habilidad, una hoja de parra de escayola. Semejante ñoñería producía el efecto diametralmente contrario: la impresión era de una indescriptible obscenidad. A mí –y seguramente no sólo a mí- me vino automáticamente la pregunta de adónde habrían ido a parar todas las piezas que faltaban.

¿Se había formado allá abajo, en el patio, un gran montón de penes marmóreos de todo género y tamaño, que fueron después transportados en carretillas y, al amparo de la noche, enterrados en algún hoyo de los jardines del Vaticano? ¿Y tal vez, incluso, por diligentes monjitas, de las cuales la una o la otra se guardó subrepticiamente un recuerdo? ¿O colocaron las susodichas piezas en unos aposentos secretos, en largas estanterías, clasificadas limpiamente por tamaños y procedencias y con una pequeña cartulina atada alrededor de cada una, accesibles sólo a visitantes privilegiados? ¿Había un guardián especial para vigilarlas? ¿Y cómo designaría éste el trabajo que ejercía?

Parece que, con el tiempo, en las altas esferas se echó de ver que el tiro les había salido por la culata. La última vez que visité el departamento de antigüedades clásicas, la mayoría de los penes habían vuelto a su lugar de origen, habían sido restaurados por así decir. Sin embargo, queda pendiente la pregunta: ¿dónde han estado entretanto? ¿O habrán confeccionado otros nuevos?

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Aquel que quiera hacer magia tiene que poder dominar y aplicar su capacidad de desear