lunes, 4 de agosto de 2014

El secreto de Lena 2

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Imagen: Carole Edet



Finalmente. Lena decidió que ya era hora de irse a dormir.

-    Ahora se tienen que ir a la cama –dijo-, pero de ahora en adelante en la cama grande de matrimonio dormiré yo.
-    ¿Y nosotros? –preguntó la madre.
-    Ustedes dormirán en mi cochecito de muñecas –decidió Lena.
-    ¡De eso nada! –exclamó el padre poniéndose colorado-. ¡Nadie me puede exigir una cosa sí! ¡Yo soy un hombre adulto! ¡No tolero que nadie me obligue a hacer eso!
-    ¡Esto el colmo! –dijo la madre defendiendo a su marido- ¡No puedes hacernos una cosa así, hija! ¡Esto ya está llegando demasiado lejos!

De nuevo se oyó el susodicho ruido -“¡pfffft!”- tras el cual el padre ya sólo medía 23 cm. y la madre 21 cm.

Lena fue por su osito Teddy, y su tigre de peluche, y su marioneta y su elefante… y los trasladó a todos a la cama de matrimonio; luego cogió a su padre y a su madre y los metió en su cochecito de muñecas.

-    ¡Buenas noches! –dijo tapándolos bien a los dos-. Y ahora a dormir, ¿entendido?


También ella se fue a la cama, aunque sin haberse lavado las manos ni los dientes, pues esas cosas ahora ya sólo las decidía ella misma. Se acomodó entre todos sus muñecos, y satisfecha, se durmió. Hasta el último momento no dejó de oír nerviosos cuchicheos en el cochecito de muñecas.

En mitad de la noche la despertó una tormenta. Se sucedían unos truenos y unos relámpagos terribles, y a Lena le hubiera gustado poder meterse con sus padres en la cama para sentirse más segura, pero arrebujarse ahora en el cochecito de muñecas con sus padres era completamente imposible por mucho que quisiera. Además, con unos padres tan diminutos, no se habría sentido ni un poquito más segura siquiera. Se vio terriblemente sola y dejó rodar unas lágrimas sobre la almohada. Pero a la mañana siguiente el sol volvió a brillar y todo quedó olvidado.

Lo primero que hizo fue ir a mirar al cochecito de muñecas. Pero sus padres ya no estaban allí… Habían atado todos los pañales de muñeca que habían podido encontrar, y utilizándolos a modo de escalera de cuerda, se habían descolgado hasta el suelo y habían huido.

Lena buscó por toda la habitación llamándolos:

-    ¡Eh, papá, mamá! ¿Dónde se han metido?

Al cabo de un rato, oyó en alguna parte un cuchicheo muy, muy bajito. Sonaba en el rincón del sofá. Se fue hacia allí y levantó todos los cojines, pero allí no había nadie. Se agachó, miró debajo del sofá y allí los descubrió a ambos, apretados contra el último y más oscuro rincón.

-    ¡Salgan de ahí inmediatamente! –les ordenó Lena, autoritaria-. No voy a hacerles nada- añadió luego algo más amable.
-    No –oyó que decían los dos al unísono-, que nos das miedo. De aquí no salimos.

Y entonces volvió a oírse –sólo que esta vez mucho más bajito- el peculiar “¡pfffft!” que indicaba que sus padres habían vuelto a quedar reducidos a la mitad del tamaño que tenían antes.

Lena se fue a la cocina por una escoba y escarbó y escarbó debajo del sofá con el mango, para obligar a sus padres a que salieran. Inmediatamente vio cómo dos salían corriendo por la alfombra e intentaban buscar refugio debajo de la cómoda.

El padre ahora ya sólo medía 11 centímetros y medio, y la madre 10 y medio. Ambos se habían envuelto en unos pañuelos, a modo de vestidos.

-    Está bien –dijo Lena-, como ustedes quieran. Entonces desayunaré yo sola.

Se fue a la cocina, sacó sus cereales y les añadió la leche que quedaba. Luego se sentó a desayunar, aunque sin olvidarse de poner en el suelo un platito con cereales para que sus padres también tuvieran algo que comer. ¡Y es que Lena era una niña muy previsora!

Después se vistió –de nuevo sin haberse lavado antes- y se fue a la escuela. Dejó la puerta abierta, igual que hacía siempre. Naturalmente, no les contó nada de esto ni al maestro ni a los demás niños.

Cuando a mediodía regresó, el platito que había dejado en el suelo de la cocina se lo habían comido.

Pero a sus padres no se les veía por ninguna parte.

Para comer, Lena se abrió una lata de sardinas. Algo nada fácil al parecer, pues se hizo tal corte en el dedo con la lata que comenzó a salirle sangre.

Corrió por el piso de un lado a otro chillando:

-    ¡Papá! ¡Mamá!

Tenía miedo de desangrarse.

Finalmente, su madre salió titubeante de detrás de unos libros que había en el suelo. El padre la siguió a cierta distancia. Y es que ninguno de los dos podía soportar el llanto de su pobre hijita.

-    ¿Te has hecho daño? –preguntó su madre.

Lena le enseñó el dedo que sangraba y lloriqueo.

-    Vete rápidamente al baño –dijo su padre- y deja que te caiga el agua encima de la herida.
-    Luego coge el botiquín que hay en el armarito blanco y tráelo –añadió su madre.

Lena se apresuró.

Como eran tan pequeños, sus padres tuvieron que hacer denodados esfuerzos para, juntando sus fuerzas, preparar un esparadrapo y ponérselo a su hija en el dedo. Les faltó un pelo para quedarse pegados en él.

-    Y ahora –dijo el padre una vez que terminaron de ponérselo y ya sin resuello –podrías ser tan amable de acabar de una vez con esta locura y devolvernos a nuestro tamaño normal. Yo tengo sentido del humor, pero me parece que ya es suficiente… 
-    No puede ser –explicó Lena-; aunque quisiera hacerlo, no sé cómo.

Y entonces les contó que había ido a casa de Francisca, que les había echado el azúcar en el té y todo lo demás.

-    ¡Vaya un hada! –exclamó su madre-. ¡Te digo yo que esa persona no es de fiar! ¡No irás a verla nunca más!, ¿me oyes?
-    Pero entonces no deberán llevarme la contraria nunca, nunca, nunca más –sentenció Lena-. De lo contrario, se volverán cada vez más pequeños aún y al final desaparecerán del todo.
-    ¡Imposible! –aseguró su padre-. Si cada vez nos quedamos reducidos a la mitad de lo que éramos, jamás podremos desaparecer del todo. Eso está científicamente demostrado. Puede que lleguemos a tener el tamaño de un átomo, pero siempre quedará algo de nosotros.
-    Probablemente tengas razón –terció la madre-, pero ¿qué será entonces de Lena? ¿Quién cuidará de ella?
-    Buena pregunta –dijo el padre, como solía decir siempre que no tenía respuesta.

En ese momento, llamaron al timbre de la puerta.

-    Será Max, que viene a jugar –dijo Lena.
-    ¡Por todos los santos! –exclamó su padre- ¡Nadie debe vernos así! ¡No debes decírselo a nadie! ¿Lo has entendido, hija mía?
-    ¡Claro! –contestó Lena-. Escóndanse por ahí.

Se fue hasta la puerta y abrió.

Allí estaba Max, su amigo. Tenía aproximadamente la misma edad que ella y llevaba un aparato en la boca porque tenía los dientes algo salientes.

-    Mira lo que me han regalado –dijo Max enseñándole un gatito negro que llevaba entre sus brazos-. Se llama Zorro. Podemos jugar con él.
-    ¿Es gato? –preguntó Lena.
-    Naturalmente –contestó Max-; si no, no se llamaría Zorro.

Se fueron al cuarto de estar.

-    ¿Estás tú sola? –quiso saber Max- ¿No están tus padres en casa?
-    Nnnn…, ssss… -tartamudeó Lena-, se… se han ido a visitar a unos amigos.
-    Pero su ropa está por ahí tirada…
-    Es que se cambiaron rápidamente, tenían mucha prisa. Además eso a ti no te importa.
Max dejó en el suelo a Zorro, que en seguida comenzó a olisquear por todas partes.

-    Bueno, ¿qué me dices? –preguntó orgulloso Max-. ¡Tú no tienes nada así!
-    ¡Tampoco quiero tenerlo para nada! –replicó Lena.
-    Es un gato estupendo –explicó Max-, de una raza muy especial.
-    Ah, ¿sí? –dijo Lena-. Pues a mi me parece absolutamente normal y corriente.
-    Por eso precisamente se llama Zorro –continuó diciendo Max-. Mira, mira qué bigotes tiene …Es algo único.

Lena no pudo soportarlo más.

-    Pues yo tengo algo mucho mejor –dijo.
-    ¿Algo mejor? –preguntó Max sentándose en el suelo junto a su gato y jugando con él-. Eso no me lo creo. Te dejo que lo toques. Estando yo, no te hará nada.
-    Tengo algo mucho, mucho, mucho mejor –repitió Lena.
-    ¿El qué? –quiso saber Max.
-    No te lo digo –respondió Lena acordándose de su promesa.
-    Entonces seguro que no será nada del otro mundo –dijo Max con arrogancia, tambaleándose boca arriba y poniéndose a Zorro encima de la tripa.
-    Algo muy, muy, muy especial –replicó furiosa Lena-. Mucho más especial que un gato.
-    ¡Pues entonces di qué es!
-    ¡No!
-    ¡Eres tonta!
-    ¡Tú si que eres tonto!
-    ¡No tienes nada de nada!
-    ¡Si qué lo tengo!
-    ¿Se puede saber de una vez qué es?
-    Enanos –dijo Lena.

Ya lo había soltado, aunque realmente no quería.

Max la miró chupeteando su aparato corrector.

-    ¡Tonterías! –dijo finalmente-. ¡Eso no existe!
-    ¡Sí qué existe! –contestó Lena.
-    ¿Y cómo son de grandes? –quiso saber Max.

Lena se lo indicó con los dedos pulgar e índice.

-    ¿Y están vivos de verdad? –preguntó inseguro Max.
-    Mmmmmm –dijo afirmativamente Lena.

Max miró por toda la habitación.

-    ¿Y dónde están?
-    Se han escondido –declaró Lena-. Antes estaban aquí. Hemos estado hablando.

Max se rió burlón.

-    Ya comprendo… Y luego te han regalado una corona y una cadena de oro… Todo invisible, claro.

En ese momento Zorro pegó un salto y se metió como un rayo debajo del sofá. Allí lo oyeron gruñir y bufar, luego sonó como una especie de “¡Zis, zas!”; el gato soltó un lastimero “¡Miau!” y salió visiblemente cariacontecido.

Ya no tenía bigotes.

Max lo cogió entre sus brazos.

-    ¿Quién te ha hecho esto? –exclamó furioso-. ¡Mi pobre Zorro!
-    Han sido mis enanos –contestó triunfal, Lena-. ¡Tú mismo lo has visto! ¡Son bastante peligrosos!

Max palidecía por momentos. Murmuró algo así como que aún tenía que hacer unos deberes y le entraron de repente prisas por marcharse.

Una vez que se fue, Lena les dijo muy orgullosa a sus padres:

-    ¡Le han dado una buena lección! ¡Qué pote se da con su estúpido gato…!

Sus padres salieron de debajo del sofá. En sus rostros aún se podía leer el miedo que habían pasado.

-    Pero ¿cómo has podido permitir que entrara aquí un gato? –exclamó su madre-. ¡Le ha faltado un pelo para comernos!
-    Eso nunca lo hubiera hecho –repuso Lena.
-   ¡Sólo porque yo, afortunadamente, me había llevado a rastras hasta allí las tijeras del botiquín! –dijo su padre, visiblemente indignado-. Tenía una especie de presentimiento de que nos iban a hacer falta. Sin esa arma hubiéramos estado perdidos.
-    ¡Pero si los gatos no se comen a las personas…! –objetó Lena.
-    Quizá nos ha tomado por ratones –dijo su madre.

Lena entonces se asustó un poco.

-    Quieren decir que Zorro podía haberlos comido por equivocación?
-    Por equivocación o a propósito –contestó su padre-, el caso es que nos habría comido si no nos hubiéramos defendido

Lena se imaginó lo que los demás niños de la escuela le dirían si se corriera la voz de que un gato se había comido a sus padres. 
Todos se reirían de ella.

-    Y a ti –dijo su madre- naturalmente te habrían tenido que llevar a un orfanato. ¿Te das cuenta?

Lena entonces se echó a llorar.

-    ¡Pero yo no quiero ir a un orfanato!
-    Si no quieres ir –aseveró su padre-, sólo hay una solución: tu madre y yo tenemos que recuperar nuestro tamaño normal.

Pero eso ahora tampoco lo quería Lena.

-    Se me ocurre algo mejor –dijo.

En el cuarto de estar había una vitrina en la que se guardaban toda clase de recuerdos, así como valiosas copas y figuras de porcelana. Por ejemplo, un gordo Buda que asentía con la cabeza cuando se le movía; una bola de cristal con Venecia dentro, en la que nevaba si uno la agitaba; una jardinera con una cesta de flores; el primer premio que le habían dado a su padre en el club de ajedrez de Königspring, en forma de caballito dorado… Y Lena colocó allí dentro a sus padres.

-    Aquí estarán seguro –les dijo-, pero tengan cuidado de no tirar algo y romperlo. Si viene alguien, tienen que hacer como si fueran de porcelana.

Dicho esto, cerró la puerta de cristal. Sus padres gesticulaban desesperados, pero ya no se les oía. Lena se fue a la cocina, y con un tenedor, fue sacando las sardinas de la lata medio abierta, pues tenía hambre. Y puso la radio.

-    ¡Hola, Lena! –dijo una voz de mujer-. Te habla Francisca, ¿me recuerdas? Francisca Interrogaciones, el hada. Si por algún motivo tuvieras que buscarme, has de saber que he cambiado de casa. Ahora vivo en la Calle del Viento nº 7, en el sótano. Si necesitas una segunda consulta…, bueno, ya te dije que te costaría bastante. Pero tendrás que decidirte pronto o será demasiado tarde. Fin del mensaje.

Lo que luego venía era una aburrida música. Lena apagó la radio, y pensativa, se hurgó la nariz con el dedo.

Aquello ya comenzaba a resultarle desagradable. Pero tenía muy clara una cosa: una segunda consulta era completamente innecesaria. Jamás volvería a ir a verla. En este punto coincidía por una vez con su madre. Además, Lena no tenía ni idea de dónde buscar la Calle del Viento.

Fuera hacía buen tiempo. Lena salió corriendo, cerró la puerta de casa y se fue al parque infantil con los otros niños, que jugaban en alegre bullicio. Poco después, ya se había olvidado de todo aquel desagradable asunto.

No se volvió a acordar hasta que regresó a su casa a eso de las siete y llamó al timbre. Naturalmente, nadie pudo abrirle, pues sus padres estaban encerrados en la vitrina… y a Lena ni se le había ocurrido llevarse la llave, pues nunca antes había tenido que hacerlo.



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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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