lunes, 4 de agosto de 2014

El secreto de Lena 1

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Imagen: Carole Edet



Lena era una niña sumamente encantadora, siempre, eso sí, que sus padres fuesen razonables e hiciesen, obedientes, todo lo que ella les pedía.

Pero, por desgracia, no lo hacían casi nunca. Si la niña (que por cierto, se llamaba Elena) le decía a su padre: “¡Dame cinco marcos para comprarme un helado grande!”, entonces él contestaba: “No, porque ya te has comido tres y tanto helado te hace daño”.

O cuando Lena le decía, con toda amabilidad a su madre: “¡Mamá hazme el favor de limpiarme los zapatos!”, entonces ella contestaba: “¡Límpiatelos tú misma, que ya eres bastante mayorcita!”.

O cuando la niña decía: “He decidido que este año en vacaciones iremos a la playa”, entonces los dos anunciaban: “Este año iremos mejor a la sierra”. 

Lena estaba convencida de que las cosas no podían seguir así. Por eso un día decidió buscar a un hada… buena o mala, le traía realmente sin cuidado: lo principal era que supiese de verdad hacer magia. Pero ¿dónde encontrar una verdadera hada así, sin más ni más, en una gran ciudad moderna? No es, desde luego, nada fácil.


La niña recorrió un montón de calles descifrando con alguna dificultad (pues aún estaba aprendiendo a leer) los letreros que había en las tiendas y en las puertas de las casas.

Allí, por ejemplo, ponía “LANAS OTTO”, o “FRUTAS DEL SUR”, o “DENTISTA”, o “ABOGADO”, o “Masajista diplomada”, o “AURORA- Compañía Fiduciaria S.L.”, o “GIXLMIPF” (o algo parecido), pero en ningún sitio ponía “HADA”.

En lugar de eso, a la vuelta de una esquina se encontró a un policía que en ese momento le estaba poniendo una multa a un coche mal aparcado.

Lena se acercó a él y le dijo:

-    Querría preguntarle algo: ¿dónde hay por aquí una verdadera hada?
-    ¿Una verdaderada? –preguntó, distraído el policía sin dejar de escribir.
-    No, un hada… una de ésas que hacen magia –explicó Lena.
-    ¡Ah…! –dijo el policía-, un hada de las que hacen magia. Espera un momento.

Terminó, primero, de escribir, luego colocó la multa sobre el limpiaparabrisas, sacó del bolsillo un pequeño librito y fue pasando hojas mientras murmuraba:

-    Habitaciones…, Hacienda…, Hachas… ¡ah, aquí: Hadas…! “Francisca Interrogaciones. Asesoramiento en todas las cuestiones de la vida. Todo tipo de magia, maldiciones y desencantamientos a medida. Consultas a cualquier hora del día. Calle de la Lluvia nº 13. Ático”.
-    ¿Y dónde está la Calle de la Lluvia? –quiso saber Lena. 
-    Sigues por aquí, de frente, coges la segunda calle a la izquierda, luego cruzas por el paso subterráneo, tomas la siguiente calle a la derecha, luego vuelves a hacer todo exactamente igual a la inversa y das tres vueltas sobre ti misma –le explicó amablemente el policía-. Pero quizás sería mejor que te llevaras un paraguas
-    Gracias –dijo Lena, y se puso en camino.

Siguiendo las precisas indicaciones, pronto encontró la calle que buscaba, y que era fácil de reconocer porque en ella, efectivamente, siempre estaba lloviendo, Lena, que no llevaba paraguas, estaba hecha una chupa cuando por fin llegó al número 13. 

Había que reconocer que era una casa bastante extraña, pues solamente constaba de una escalera al aire libre, y cinco plantas. Arriba del todo había un ático, sostenido de alguna manera encima de la escalera.

Lena subió y llegó a la puerta de una vivienda en la que se veía una placa de latón con la siguiente inscripción:

El que haya venido a verme,
Se encuentra en el sitio apropiado.
Pase sin llamar.

-    ¿Cómo pudo saber el hada –se preguntó Lena- que venía a verla? ¡Bueno, porque es un hada, claro!

Y entró sin llamar.

A punto estuvo de caer en el agua, pues ante sus pies había un lago de color azul celeste. A lo lejos se divisaba una isla. Por suerte, muy cerca de la orilla en la que ella estaba se mecía una barca.

Lena se subió a ella y la barca se puso en marcha sin necesidad de remar (además, tampoco había remos). Aumentó la velocidad y las olas que levantaba la proa comenzaron a salpicar a izquierda y a derecha como si fuera una motora (aunque un motor tampoco había). Los cabellos de Lena flotaban al viento.

Pocos minutos después, la barca atracaba ya en la otra orilla de la isla y la niña saltó a tierra. Allí la playa se convirtió de pronto en el suelo de una habitación, con alfombra y todo, y en aquella habitación, sentada a una mesita redonda de tres patas, había una mujer tomando café. 

Por lo demás, la habitación estaba bastante oscura, pues sólo la iluminaban un par de trémulas velas que había en los candelabros de las paredes. A través de la ventana brillaba la luna llena. Un reloj de cuco dio las doce, sólo que el cuco que salía de la casita no era un cuco, sino un búho que graznó doce veces “¡Uhu!, ¡uhu…!”

-    Siéntate conmigo, pequeña –dijo el hada-, ¡y habla!
-    ¿Cómo es ya tan tarde? –preguntó Lena.
-    Es medianoche –contestó el hada- porque aquí siempre es medianoche. No hay ninguna otra hora.

Efectivamente, el reloj, en lugar de todas las cifras, solamente tenía doce veces el doce.  

-    Es muy práctico –explicó el hada- porque, como es sabido, sólo se puede hacer magia de verdad a medianoche. Lo comprendes, ¿no?

Lena asintió a medias, pues aquello no lo tenía del todo claro, ni mucho menos.

-    Bueno, ¿de qué se trata? –preguntó Francisca Interrogaciones.

Lena se sentó enfrente del hada, en la silla que había libre junto a la mesita, y la observó detenidamente.

En realidad, la mujer tenía un aspecto completamente normal…, como cualquier otra mujer con que uno se cruzara por la calle. A pesar de todo había en ella algo especial,  sólo que Lena en un principio no se dio cuenta. Pero luego sí: el hada tenía seis dedos en cada mano.

-    No te preocupes por eso- dijo Francisca Interrogaciones, que había advertido la mirada de Lena-; nosotras las hadas siempre tenemos algo un poco distinto a las personas normales y corrientes. ¡Si no, no seríamos hadas! Lo comprendes, ¿verdad?

Lena volvió a asentir con la cabeza.

-    Se trata de mis padres –explicó después suspirando-. No sé qué hacer con ellos. Sencillamente, no quieren obedecerme bajo ningún concepto…
-    ¡Qué frescos! –opinó el hada poniéndose de su parte-. ¿Qué puedo hacer por ti?
-    Y es que siempre están en mayoría…-prosiguió Lena- Siempre son dos contra uno.
-    Contra eso difícilmente se puede hacer nada –murmuró pensativa el hada.
-    Además, son más grandes que yo –añadió Lena.
-    Eso sucede con la mayoría de los padres –corroboró el hada.
-    Si fueran más pequeños que yo –reflexionó Lena en voz alta-, quizá lo de estar en mayoría no sería tan importante…
-    ¡Sin duda alguna! –intervino el hada.
-    Por ejemplo, si fueran la mitad de grandes…- propuso Lena.

Francisca Interrogaciones juntó sus doce dedos y reflexionó durante un rato con los ojos cerrados. Lena esperó.

-    ¡Ya lo tengo! –exclamó finalmente el hada-. Te voy a dar dos terrones de azúcar. Naturalmente, están encantados. Échaselos a tus padres, sin que se den cuenta, en la taza del té o café. No sufrirán daño alguno, sólo que, en cuanto se hayan tragado el azúcar, cada vez que no te obedezcan se reducirán a la mitad del tamaño que tenían antes. Cada vez se reducirán a la mitad. Lo comprendes, ¿no?

Y, por encima de la mesa, le tendió dos blancos terrones de azúcar de aspecto completamente normal que había sacado de una caja especial.

-    Muchas gracias –dijo Lena-. ¿Cuánto cuestan?
-    Nada –contestó el hada-. La primera consulta es siempre gratis. La segunda, sin embargo, será terriblemente cara.
-    Eso ya no me importa –aseguró Lena-, porque no necesitaré ninguna segunda consulta. Bueno, pues muchas gracias.
-    Adiós –dijo Francisca Interrogaciones sonriendo enigmática.

Luego se oyó un ruido –“¡flop!”- como cuando se descorcha una botella, y de golpe y porrazo, Lena estaba en el cuarto de estar de su casa. Sus padres también estaban allí, y ni parecían haberse dado cuenta de que su hija había estado fuera. Pero Lena tenía los dos terrones de azúcar en la mano. Y ésa era la mejor prueba de que todo lo anterior no había sido un sueño.

La madre entró en ese momento con la tetera y luego volvió a la cocina por el plato de las pastas. El padre, entretanto se fue al dormitorio a ponerse su cómodo batín.

Lena aprovechó la ocasión y echó los dos terroncitos de azúcar en las tazas de té de sus padres. Durante unos segundos sintió sus remordimientos de conciencia, pero en seguida los reprimió.

“La culpa la tienen ellos mismos”, pensó. “Además, el encantamiento no les hará ningún daño mientras no me lleven la contraria. Y si lo hacen, les estará bien empleado”.

Sus padres se tomaron el té. Lena dijo que ella no quería té, sino un refresco.

-    Está bien –dijo su madre-, coge uno de la nevera.

Hasta aquí todo había ido bien, pero, apenas unos minutos después, su padre dijo que quería ver las noticias en la televisión. Justo, precisamente, cuando Lena quería ver una película de dibujos animados que ponían en la otra cadena.

-    ¡Pues yo quiero enterarme de las últimas noticias! –dijo el padre cambiando de cadena.

De pronto se oyó un “¡pfffft!”, como si se hubiera pinchado la rueda de una bicicleta. Su padre se redujo repentinamente y se quedó muy pequeño, hundido en su sillón. Parecía un liliputiense. Naturalmente, su ropa no se había reducido con él, por lo que ahora su cómodo batín y sus pantalones, y su camisa, y su corbata… le sobraban por todas partes. Antes medía 1.84 y ahora ya sólo medía la mitad, o sea, 92 cm. Pueden  imaginar la cara de perplejidad que puso.

-    ¡Por el amor de Dios, Kurt! –exclamó la madre-. ¿Me quieres decir qué te pasa?
-    No tengo ni idea –contestó el padre-, pero de alguna manera me siento raro.
-    ¡Si es que de pronto te has quedado muy pequeño, Kurt! –le explicó la madre.
-    ¿De veras? –preguntó el padre sin podérselo creer- ¿Cómo de pequeño?
-    La mitad que antes, por lo menos –declaró la madre. 

El padre fue a mirarse al espejo del vestíbulo, a convencerse por sí mismo. Arrastraba toda la ropa, y el espejo ahora le quedaba demasiado alto, por lo que la madre tuvo que auparlo.

-    ¡Es verdad! –murmuró mientras se observaba-. Esto me resulta de todo punto inoportuno. ¿Qué van a decir los compañeros de mi oficina? Justamente ahora que me iban a ascender a jefe de departamento…
Lena, que hasta ese momento había hecho el máximo esfuerzo por contenerse, ya no pudo resistir más y estalló: se retorcía de risa en el sofá.

-    ¡No creo que sea precisamente motivo de risa! –dijo muy seria su madre, mientras volvía con el padre y lo sentaba en su sillón-. Esto es muy grave. Tal vez se trata de una enfermedad. Tenemos que llamar inmediatamente al doctor.
-    No –contestó Lena, que apenas podía hablar de la risa-, no es ninguna enfermedad.
-    ¡Anda! ¿Qué entenderás tú, descarada? –replicó su madre dirigiéndose hacia el teléfono.
-    ¡No! –gritó Lena- ¡No, no y no! ¡Yo no quiero que venga el doctor!
-    ¡Lo que tú quieras o no ahora no nos interesa! –dijo indignada la madre-. ¡Ahora lo que importa es tu pobre padre!

Cuando iba a descolgar el auricular se oyó un “¡pfffft!” igual que el de antes y la madre se redujo también de tamaño, hasta que la ropa le quedó colgando por todas partes. Antes medía 1.68 y ahora ya sólo 84 cm.

-    Pe… pero ¿cómo puede…? –fue todo lo que logró articular antes de desmayarse.

El padre se tiró de su sillón de un salto y la recogió en sus brazos en el último momento. Si no llega a hacerlo, se podía haber pegado un buen batacazo contra el suelo y haberse hecho daño, aunque, desde luego, ahora ya no podía caer desde muy alto…

-    ¡Hilde! –exclamó el padre dándole cachetitos en las mejillas-. ¡Vuelve en ti, tesoro!

Ella abrió los ojos y s ele llenaron de lágrimas.

-    ¡Ay, querido! –sollozó-, ¿quieres decirme cómo voy yo a hacer la compra ahora? ¡Qué pensará la gente!
-    Bueno, por lo menos ahora los dos volvemos a tener un tamaño proporcionado –dijo el padre en un intento de consolar a su mujer-. Algo es algo.
-    Pero ¿qué ropa me voy a poner? –se quejó la madre-. ¡Incluso las cosas de Lena me quedarán demasiado grandes!
-    Ya encontraremos una solución, tesoro –dijo el padre dándole un beso para que se tranquilizara-. Todo se arreglará. Tenemos que estudiar la situación a fondo. Seguro que algo se nos ocurrirá.

La madre se enjugó las lágrimas y miró agradecida a su pequeño marido, que incluso en aquella situación tan inusitada era capaz de mantener la calma.

-    ¿Cómo habrá podido ocurrir esto así, tan de repente, Kurt?
-    Buena pregunta –dijo el padre rascándose la barbilla.
-    Ha ocurrido –dijo Lena- porque no me han hecho caso.

Los padres la miraron con cara de incredulidad.

-    ¿Qué has dicho, niña? –preguntó la madre.
-    Es cosa de magia –explicó Lena-. Pero si hacen todo lo que yo les diga y no me llevan jamás la contraria, no les volverá a pasar nada.
-    Eso –dijo el padre- es imposible. No son más que majaderías. Vivimos en el siglo de la ciencia. De modo, Lena, que si has sido tú la que ha preparado todo esto, ya puedes irlo arreglando inmediatamente.
-    Ustedes mismos tienen la culpa –contestó, inflexible, Lena-. ¿Por qué no hacen nunca lo que yo quiero?

Los padres se miraron entre sí.

-    Parece –dijo el padre- que efectivamente ha sido ella.
-    ¿No te da vergüenza? –exclamó la madre-. ¡Una niña bien educada no hace esas cosas!

Lena se echó a reír de nuevo.

-    Les voy a hacer una fotografía –dijo-. Como recuerdo para el álbum familiar.
-    ¡De ninguna manera! –se negó en redondo el padre- ¡con mi cámara de fotos desde luego que no!
-    Deja eso, ¿me oyes? –dijo la madre apoyando a su marido-. ¿Qué pretendes? ¿Qué todo el mundo se ría de nosotros?

Volvió a oírse aquel peculiar sonido -“¡pfffft!”- y los padres se redujeron nuevamente a la mitad del tamaño que en ese momento tenían. Ahora el padre ya sólo medía 46 cm., y la madre 42.

-    ¿Lo ven? –dijo Lena-. Eso es a lo que se exponen. Será mejor que de ahora en adelante no me vuelvan a llevar nunca la contraria.

Los padres enmudecieron, sin poder salir de su asombro. Lena cogió la cámara de su padre y les sacó una foto.

-    Y ahora –declaró- les permito que vean conmigo la película de dibujos animados. Aunque para eso realmente son un poco pequeños.

Los padres dejaron correr la cosa sin hacer objeción alguna. El padre intentó decir algo un par de veces, pero en seguida la madre le dio con el codo y le puso el dedo índice en los labios.

Aquel día, para cenar, hubo sólo galletas y leche que Lena fue a buscar a la nevera. Al fin y al cabo, los padres ahora no necesitaban mucho, y Lena, por su parte, con eso ya tenía más que de sobra.

El resto de la tarde-noche transcurrió más bien pacíficamente, pues los padres se sometieron sin objeción alguna a todo lo que Lena ordenó…, incluso cuando se trató de jugar al “Quartett” aunque, obviamente, para el padre y la madre las cartas eran demasiado grandes.






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N. de T.: “Quartett”: juego de cartas, especialmente para niños, en el que cada jugador tiene que juntar cuatro cartas iguales a base de acertar las que tienen los demás jugadores.

4 comentarios:

  1. no me sirvio para nada xque no me gusto esta mal escrito embute si me gusto pa que tu creyela me gusto mucho te lo agradesco gracias

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  2. Lena es un cuento muy bueno me sirvo para mi materia de español

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  3. Que bien que les haya gustado y más, les sea de utilidad.
    Gracias por comentar

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