miércoles, 26 de octubre de 2016

Michael Ende, un hacedor de fantasías.

Texto: Carlos G. Bárcena en CLIJ. Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, marzo de 1992
Imagen: Ana Loscher para CLIJ




Michael Ende es uno de los escritores europeos contemporáneos de mayor éxito internacional. Obras suyas como Momo o La historia interminable forman parte de la mejor literatura fantástica hecha este siglo. A continuación les ofrecemos una semblanza biográfica del autor germano y un extracto de la conferencia que ofreció en el Congreso Internacional de IBBY celebrado en Tokio en 1986 en la que desvela algunas claves de su obra literaria.

El nombre de Michael Ende saltó a la palestra de la popularidad en nuestro país en los años ochenta, merced al éxito consecutivo obtenido por sus títulos Momo y La historia interminable, dos novelas que traían vitola de infantiles y que a la postre se convertirían en libros de culto para adultos sedientos de fantasía.

Encumbrado a la fama, Ende se destapó como un excelente escritor de literatura fantástica, capaz de cautivar a los lectores más exigentes del género y de satisfacer, también, a sus editores, que hallaron en él un filón literario y económico al mismo tiempo.

Cuatro años seguidos a la cabeza de autores con libros más vendidos en Alemania, traducciones a cerca de una treintena de lenguas, y cifras que rebasan los cuatro millones de ejemplares vendidos, hablan a las claras de lo que el caso Ende ha sido capaz de dar de sí.

El principio de todo

Michael Ende nació en 1929 en la pequeña localidad germana de Garmisch-Pantenkirschen, lindante con la frontera austriaca. Fue el único hijo de un matrimonio muy proclive al arte. Su padre, Edgar Ende, era un conocido pintor surrealista al que la censura nazi tachó de “artista degenerado”, vetando sus exposiciones. Esta circunstancia malbarató la economía doméstica de la familia Ende e hizo que el pequeño Michael hubiese de apañárselas bien pronto para ganarse la vida. 

Michael Ende cumplimentó su educación básica en las escuelas que Rudolf Steiner había creado siguiendo los principios antroposóficos. Sin embargo, poco provecho sacaría Ende en su infancia de esta avanzada doctrina. Se cuenta de él que fue un rematado mal estudiante. Andando el tiempo, ya en la madurez, Ende revisitaría la antroposofía, descubriendo en ella unos valores espirituales a los que su obra literaria no ha sido ajena. 

Con todo, la infancia de Michael Ende vino marcada por la fuerte personalidad de su padre y la estrecha relación que ambos mantuvieron. Edgar Ende trataba en su pintura de quebrar los límites de la realidad objetiva. El resultado de sus experimentaciones le llevó, como consecuencia, a un estilo pictórico surrealista próximo al del italiano Giorgio de Chirico. Michael Ende se ha referido en no pocas ocasiones a la huella que en él dejó el cuadro El ángel-león, pintado por su padre en 1960.


Nace un escritor

Desde bien temprano, Michael Ende sintió en su interior el gusanillo de la literatura. Se cuenta que cuando contaba catorce años ya tenía claro que lo suyo sería la escritura. Sin embargo, no fue ni la novela ni tampoco el cuento, sino el teatro, su primera forma de expresión literaria.

Atraído por la figura del dramaturgo Bertold Bretch, ingresa en la Escuela de Teatro de la Cámara de Munich, al tiempo que se procura el sustento realizando tareas de crítica cinematográfica en Radio Baviera y aceptando algún que otro papel de actor en representaciones no demasiado relevantes.

“Escribir, para mi, es una forma de experimentar la aventura de la vida”, afirmaría tiempo después, una vez hubiese publicado su primer libro a la edad de treintaiún años. Su desembarco en la literatura infantil se produjo de forma casual, casi sin proponérselo, al acceder a una invitación hecha por un amigo suyo para que escribiera un libro de cuentos destinado al público infantil. 

Así nació Jim Botón y Lucas el maquinista, su ópera prima, que alcanzaría un éxito arrollador. Este libro sería galardonado con el “Deutscher Jugendliteratur Preis”, uno de los premios más prestigiosos de Alemania, algo así como el nacional de literatura juvenil. Esta circunstancia tan favorable le catapultaría a la fama y le abriría las puertas del cine y de la televisión.

Momo y La historia interminable, sus dos auténticos bombazos, serían llevadas al celuloide, pese a las reticencias del propio autor.

Acerca de las experiencias cinematográficas de sus libros, Michael Ende prefiere no mencionar palabra alguna. Considera a esos filmes bodrios monumentales, hechos al gusto del público norteamericano y muy alejados del espíritu que en realidad le animó a escribirlos. Lo que resulta innegable es el interés que las productoras le han dispensado a sus libros. Así, por ejemplo, la productora encargada de financiar la primera parte de La historia interminable empeñó en el, para Michael Ende fallido, proyecto, nada menos que sesenta y cinco millones de marcos, unos tres mil quinientos millones de pesetas.


Rumbo al sur

Aunque la vida le mostrara en esa época su lado afable, Ende decide dejar su país natal y orza su quilla rumbo al sur, concretamente a Genzano, villa situada a unos treinta kilómetros de Roma por la que también su padre se había sentido atraído. Allá Michael Ende se instala con su mujer, la actriz Ingeborg Hoffman, en una casa a la que bautizan con el nombre de El Unicornio.

La causa de este cambio de escenario geográfico respondía a una motivación fundamental. La literatura alemana vivía por aquel entonces bajo la fiebre del realismo social. Los pocos autores, que como Ende, recreaban en sus obras mundos fantásticos eran acusados de escapistas y poco comprometidos. Parecía como si todo escritor debiera convertirse en una especie de cronista de la realidad para ganarse el aplauso unánime de la crítica.

Poner tierra por medio le permitió a Ende trabajar con más desahogo y concentrarse en su fértil mundo literario, enriquecido, ahora sí, con sus incursiones en el terreno de la mística (cábala, alquimia, rosacruces…). De hecho, lo mágico ha impregnado su obra desde los inicios.

Deudor de personajes tan dispares como Rudolf Steiner, Jorge Luis Borges, Shakespeare, J.R.R. Tolkien –con quien se le ha comparado en más de una ocasión-, Goya o Marc Chagall, Ende es, a pesar de la distancia física, un producto de la cultura alemana.


Volviendo a casa

Con Michael Ende se hace válido el dicho que afirma que uno siempre acaba por regresar al lugar del que salió. Efectivamente, tras la muerte de su esposa en 1985, Ende retornó a su país de origen instalándose en Arabella, un conjunto de apartamentos situado a las afueras de Munich. Atrás quedaban casi quince años en Roma y un buen número de páginas escritas. 

Pero el hacedor de fantasía prosigue su itinerario. El verano pasado recaló en Madrid en los cursos organizados en El Escorial por la Universidad Complutense. Allí remarcó que él había sido el primer autor en introducir el surrealismo en la literatura infantil, y afirmó que sus libros carecían de mensaje alguno. Sea como fuere, la suya es una obra que ha gozado del beneplácito tanto del público –infantil y adulto-, como de la crítica. Michael Ende es, pues, hoy uno de los más conspicuos cultivadores del género fantástico.



2 comentarios:

  1. (...)''y afirmó que sus libros carecían de mensaje alguno''(...) ¿Cómo que sus libros carecían de mensaje alguno? Es decir, dejan mensajes y valores muy bonitos, ¿o se refería a otra cosa?

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  2. A lo que se refiere el autor, entiendo, es que cuando el escribe no lo hace con el fin de dejar un mensaje, sino de crear una historia, eso no quiere decir que de sus obras no pueda extrarse un mensaje. De hecho, alguna vez ha dicho, "si de mi obra puede extraerse un mensaje, y si ese mensaje le sirve al lector, tanto mejor. Pero es responsibilidad suya crearlo y a cuenta suya va lo que ese mensaje diga". Así pues, cada lector lee la obra y en está en el, si quiere, construir un mensaje, y uno cada distinto según cada lector.

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